Crónica de elabueloinfiltrado : Café con El Abuelo: cuando un autobús decide el destino de un pueblo

Esta mañana, en la cafetería de siempre, El Abuelo llegó con el móvil en la mano y una frase que ya es marca de la casa: “Mira, Luis, mira esto… que luego dicen que exageramos”. 

Había estado leyendo el artículo de Jesús Manzano sobre su pueblo: 22 habitantes, 500 camas vacías y ni un solo autobús al año. Ni uno. Ni en agosto, ni en Navidad, ni cuando alguien necesita ir al médico.

Luis levantó la ceja, como hace cuando algo le indigna pero aún no ha decidido por dónde empezar a protestar. 
—Esto es lo que pasa cuando un país se organiza como un embudo (dijo). Todo para las grandes ciudades, y lo demás… que se apañe.

El Abuelo asintió despacio. 
—España se está quedando hueca por dentro, Luis. Y no porque la gente quiera irse, sino porque no puede quedarse. Si no hay transporte, no hay vida. Si no hay vida, no hay futuro.

Entre sorbo y sorbo, fueron desgranando el artículo: un proyecto de apicultura que recibe a más de 600 personas al año, todas obligadas a llegar en coche privado; jóvenes que no vuelven porque no pueden; mayores que sostienen la cultura popular pero viven aislados; emprendedores que ni se plantean instalarse donde no hay forma de entrar o salir.

—Y luego nos preguntamos por qué se vacían los pueblos —añadió Luis—. Pues porque sin movilidad no hay derechos. No puedes estudiar, no puedes trabajar, no puedes emprender, no puedes cuidar… No puedes ni ir al médico.

El Abuelo, que siempre encuentra el punto exacto entre la crítica y la esperanza, remató: 
—Por eso me gusta lo que han montado estos vecinos: lonuestrovivo.org. No piden privilegios. Piden lo mínimo para que un territorio sea habitable: un autobús que pare. Uno. Regular. Digno.

Luis sonrió. 
—Es que es de sentido común. Si un país deja que un autobús desaparezca, lo que desaparece no es el autobús. Es el pueblo entero.

Salieron de la cafetería con esa mezcla de enfado y determinación que solo aparece cuando algo te toca de verdad. 
Porque, al final, la conversación de hoy no iba de transporte. 
Iba de qué país queremos ser: 
uno que se organiza para que la vida ocurra en todas partes, 
o uno que acepta que haya lugares donde la vida ya no puede ocurrir.

Este post va dedicado a mi abuelo, que vivió toda su vida en un pueblo de 138 habitantes a día de hoy, y amante de la apicultura.

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