Crónica de elabueloinfiltrado: ¿Puede un modelo sanitario diseñado para los años 60 sostener los desafíos demográficos de 2026?

En los años 60, España construyó un sistema sanitario pensado para una realidad muy distinta a la actual: un país joven, con alta natalidad y una necesidad urgente de extender la pediatría y la atención materno‑infantil. Aquella arquitectura funcionó. Fue eficaz, necesaria y durante décadas impulsó un progreso social indiscutible.

Pero la sociedad que justificó ese modelo ya no existe.

Hoy vivimos más años, convivimos con más enfermedades crónicas y la dependencia se ha convertido en un fenómeno estructural. Sin embargo, seguimos operando con un sistema diseñado para un país que tenía más cunas que bastones. El problema no es la calidad de la sanidad española —que es extraordinaria— sino su falta de adaptación.

Persisten estructuras pensadas para episodios agudos, no para trayectorias de vida. Centros de salud orientados a lo puntual, cuando la demanda real está en la cronicidad. Procesos que aún giran en torno al paciente pediátrico, pese a que el grueso de la atención se concentra en mayores de 65 años. Y una coordinación sociosanitaria que continúa siendo más aspiración que realidad.

El resultado es evidente: saturación, ineficiencia y la sensación creciente de que el sistema “no llega” donde debería.

La longevidad no es un problema; es un éxito mal gestionado. España es líder en esperanza de vida, pero no hemos rediseñado el sistema para acompañar esa longevidad. La pregunta clave ya no es cuántos años vivimos, sino cómo los vivimos.

Por eso no basta con añadir recursos al modelo actual. Necesitamos un rediseño profundo:

1. Reorientar la Atención Primaria hacia la cronicidad y la prevención. Menos foco en la enfermedad puntual y más en el acompañamiento continuado y la educación sanitaria.

2. Integrar de verdad lo sanitario y lo social. La dependencia no entiende de fronteras administrativas. La coordinación sociosanitaria debe convertirse en estructura, no en discurso.

3. Rediseñar los perfiles profesionales. Más geriatras, más especialistas en cuidados prolongados, más equipos multidisciplinares que trabajen juntos y no en compartimentos estancos.

4. Incorporar tecnología con propósito. Telemedicina, interoperabilidad, analítica de datos… siempre al servicio de la persona, no del sistema.

5. Poner a las personas mayores en el centro. No como “usuarios frecuentes”, sino como ciudadanos con derechos, trayectorias y necesidades específicas.

La realidad demográfica no va a retroceder. La longevidad seguirá aumentando y la dependencia también. Cada año que retrasamos la adaptación, el coste —económico, social y humano— se multiplica.

No estamos ante una crisis, sino ante una oportunidad histórica: rediseñar un sistema sanitario que vuelva a estar a la altura de su ciudadanía y de la sociedad que somos hoy.



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