Crónica de elabueloinfiltrado La búsqueda de lachocolatina : El mercado de las promesas

En los últimos años ha surgido una industria entera dedicada a las personas mayores. La llaman “economía plateada”, “silver economy”, “longevidad activa”. Suena bien, suena moderno, suena a oportunidad.  

Pero cuando uno rasca un poco, descubre algo incómodo: mucho de ese mercado no habla con los mayores, habla sobre ellos.


El resultado es un catálogo infinito de promesas:  

“Vuelva a sentirse joven.”  

“Descubra su nueva vida.”  

“Active su potencial.”  

Mensajes brillantes, campañas perfectas, servicios impecables… que no conectan con la realidad emocional de quien está en plena tierra de nadie.


Porque la mayoría de estas propuestas parten de una suposición equivocada:  

que la persona mayor está esperando actividades.  

Y no.  

Lo que está esperando es sentido.


El mercado de las promesas funciona como un escaparate lleno de productos que nadie pidió. Programas que no escuchan, talleres que no interpelan, servicios que no resuelven el verdadero problema: la pérdida de rol, de identidad, de necesidad social.


Por eso tantas iniciativas fracasan. No porque sean malas, sino porque no son chocolatinas.  

Son discursos.  

Son ofertas.  

Son intentos de “convencer” en lugar de “invitar”.


La chocolatina, en cambio, no promete nada.  

No vende juventud, ni energía, ni transformación.  

Solo ofrece algo pequeño pero esencial: una razón para volver a participar.


Cuando un mayor siente que vuelve a contar, no necesita un catálogo.  

Necesita una misión.  

Una llamada.  

Una excusa emocional para levantarse del sofá.


En el próximo artículo entraremos en ese punto crítico donde todo se decide: qué ocurre cuando nadie te llama y cómo ese silencio social alimenta la desconexión.


Porque antes de hablar de programas, hay que hablar de personas.  

Y antes de hablar de servicios, hay que hablar de sentido.

Crónica de elabueloinfiltrado Cuando el talento cumple 53 y el sistema decide que ya no sirve

Hoy, Juan y yo hemos vuelto a la cafetería de siempre. Ese lugar donde el café sabe igual que hace veinte años y donde las conversaciones, sin quererlo, acaban convirtiéndose en pequeñas radiografías de nuestro tiempo.


Allí nos hemos encontrado con Lucía, antigua vecina, 53 años, profesional sólida, formada, con una trayectoria que cualquiera firmaría. Y, aun así, despedida después de diez años en la misma empresa.

No por falta de capacidad.

No por falta de compromiso.

Simplemente porque el sistema tiene una manía peligrosa: confundir experiencia con caducidad.


Durante el segundo café, Lucía nos ha contado lo que muchos viven en silencio: el vértigo de verse fuera, la duda de si alguien volverá a abrirte una puerta, el miedo a emprender cuando sabes que a las empresas les cuesta confiar en profesionales autónomos… y el peso, siempre presente, del edadismo.


El edadismo no es una opinión: es una estructura

No es un comentario suelto.

No es una percepción subjetiva.

Es un filtro real que condiciona contrataciones, oportunidades y expectativas.


A los 53, el mercado laboral te mira como si estuvieras “en la recta final”, cuando en realidad estás en uno de los momentos de mayor madurez profesional.


El Abuelo, que escucha más de lo que habla, lo ha resumido con una frase que nos ha dejado pensando:

“A veces parece que la experiencia molesta porque obliga a las empresas a mirarse al espejo.”


Y tiene razón.

El problema no es la edad.

El problema es un modelo que sigue premiando la inmediatez por encima del criterio, la obediencia por encima del pensamiento crítico y la juventud por encima del recorrido.


Pero también hay esperanza

Porque, mientras Lucía hablaba, había algo que no se había roto: su identidad profesional.

Sigue siendo la misma mujer competente, rigurosa y valiosa que era ayer.

Lo que cambia no es su talento, sino el contexto.

Y ahí está la clave:

el futuro laboral de las personas de más de 50 no depende solo de las empresas, sino también de la capacidad de construir proyectos propios, redes propias y narrativas propias.

No es fácil.

No es inmediato.

Pero es posible.

Lo que Lucía representa

Lucía no es un caso aislado.

Es el espejo de miles de profesionales expulsados prematuramente de un sistema que no sabe qué hacer con ellos.

Y, al mismo tiempo, es la prueba de que la reinvención no es patrimonio de los veinteañeros, sino de quienes han vivido lo suficiente como para saber qué quieren aportar.


Un mensaje para quienes deciden

Si de verdad queremos un mercado laboral sostenible, competitivo y humano, necesitamos dejar de tratar la edad como un defecto y empezar a verla como un activo estratégico.

No es una petición.

Es una urgencia demográfica, económica y ética.

Un mensaje para Lucía

Tu valor no depende de un contrato.

Tu trayectoria no se borra con un despido.

Y tu futuro no está escrito por quienes no supieron verte.

Crónica de elabueloinfiltrado La vejez y sus cuentas pendientes

Hoy Julio se ha sentado con nosotros en el comedor. No venía a conversar, venía a descargar algo que no sabía dónde colocar.  

Su compañero de habitación, 89 años, le ha dicho que quiere morirse. Sin dramatismo, sin lágrimas, sin pedir ayuda. Como quien comunica una conclusión a la que ha llegado después de demasiadas vueltas.

No tiene deterioro cognitivo. No del que se mide con test, al menos.  

Lo que tiene es una mente que no se detiene. Una mente que repasa episodios antiguos como si fueran recientes, que reordena escenas, que reinterpreta gestos, que encuentra fallos donde antes había excusas. Y en cada revisión aparece un motivo para culparse.

Julio lo contaba con esa mezcla de incomodidad y respeto que surge cuando uno escucha algo demasiado grande para opinar.  

Nosotros lo escuchábamos igual.

Lo que este hombre recuerda puede ser cierto o no.  

Puede estar exagerando o minimizando.  

Puede que su memoria sea fiel o que sea una trampa.  

La vejez no garantiza verdad; garantiza perspectiva. Y la perspectiva, a veces, es más afilada que la realidad.

Hay personas que llegan al final de la vida con un inventario moral que nadie les exige, pero que pesa como si fuera oficial. Una auditoría íntima donde se mezclan culpa, orgullo, miedo, silencios y una lucidez que no siempre es amable.

Quizá la pregunta no sea por qué un hombre de 89 años quiere morirse, sino por qué seguimos imaginando la vejez como un territorio de paz. A veces es todo lo contrario: un lugar donde las cuentas pendientes se vuelven más ruidosas que nunca, donde el pasado deja de ser pasado y se convierte en un presente insistente.

No hay moraleja.  

No hay buenos ni malos.  

No hay certeza de nada.

Solo la constatación de que envejecer no es un proceso lineal ni justo.  

Es humano. Y lo humano, cuando ya no queda nada que demostrar pero sí mucho que recordar, puede doler más que cualquier enfermedad.

Cronica de elabueloinfiltrado Cuando un rumor basta para exponer el edadismo estructural

Hoy el Abuelo y Juan se han encontrado con esta noticia paseando por el parque. No entienden de football pero si de lo que es el #edadismo

Aunque no hay ninguna confirmación en fuentes periodísticas fiables de que Claudia Sheinbaum haya dicho que “Messi debe dejar paso a los jóvenes en el mundial de football” ni que haya hecho declaraciones edadistas sobre él. Lo que existe es un rumor viralizado en redes y YouTube, sin respaldo de medios serios. La única referencia encontrada es un vídeo que habla de una “supuesta declaración” y reconoce que no está verificada .

En estos días ha circulado un rumor en redes: que la presidenta de México habría criticado a Lionel Messi por “no dejar paso a los jóvenes”. No importa que la afirmación no esté verificada; lo relevante es por qué semejante frase resulta creíble para tanta gente.

Porque vivimos en una sociedad donde el #edadismo está tan normalizado que ya ni sorprende imaginar a una autoridad pública cuestionando a alguien… por cumplir años.

El simple hecho de que este tipo de rumores prendan tan rápido revela algo incómodo: 
hemos convertido la edad en un criterio de exclusión social, laboral y simbólica. 
Y lo hacemos sin rubor.

Messi (como cualquier persona mayor de 35, 50 o 70 años) no necesita “dejar paso”. 
Necesita lo mismo que cualquier ser humano: ser evaluado por su capacidad real, no por su fecha de nacimiento.

Pero el edadismo funciona así: 
- Reduce a la persona a un número. 
- Deslegitima su experiencia. 
- La empuja a justificar constantemente que “todavía puede”. 
- Y, lo más grave, lo hace con una sonrisa socialmente aceptada.

Si un presidente, un directivo o un líder dijera que alguien debe retirarse por su raza, su género o su orientación sexual, la indignación sería inmediata. 
Pero si lo dice por su edad… muchos lo ven razonable.

Ese es el problema.

El edadismo es la única discriminación que todas las personas sufrirán si tienen la suerte de vivir lo suficiente. Y aun así, seguimos tratándolo como una opinión válida, no como lo que es: una forma de violencia simbólica.

La experiencia no es un obstáculo. 
La trayectoria no es un estorbo. 
La edad no invalida el talento.

Si algo deberíamos exigir a nuestros líderes (reales o imaginados) es que dejen de reforzar la idea de que las personas mayores deben hacerse a un lado. Porque cuando un país margina a quienes más saben, más han vivido y más han aportado, no rejuvenece: se empobrece.

El debate no es Messi. 
El debate es por qué seguimos aceptando que la edad sea un argumento para excluir.

Y eso sí está confirmado: 
el edadismo es real, cotidiano y profundamente injusto.

Crónica de elabueloinfiltrado ¿Nos han enseñado a ser mayores?

Hoy, El Abuelo y Luis lanzaron una pregunta que parece simple, pero que duele más cuanto más se piensa: 

¿Nos han enseñado a ser mayores?

La respuesta, por incómoda que sea, parece clara: no. 
Nos enseñaron a trabajar, a producir, a obedecer, a ahorrar, a competir, a cuidar de otros… 
Pero nadie nos enseñó a cuidar de nosotros mismos cuando el tiempo empieza a pesar. 
Nadie nos enseñó a envejecer con dignidad, ni a reclamar el derecho a seguir siendo protagonistas.

La sociedad nos preparó para ser útiles, no para ser libres. 
Y cuando la utilidad se acaba, el sistema nos deja en un limbo: 
no somos jóvenes para decidir, ni dependientes para que nos atiendan, ni enfermos para que nos prioricen. 
Solo mayores, como si eso fuera una categoría aparte, un territorio sin mapa.

Luis lo dijo con ironía: 
“Nos enseñaron a ser mayores como quien enseña a apagar la luz antes de salir.” 
Y El Abuelo, con esa mezcla de humor y rabia que lo caracteriza, añadió: 
“Nos enseñaron a desaparecer con educación.”

La frase provocó risas, pero también silencio. 
Porque detrás de la ironía hay una verdad brutal: la vejez no tiene manual de instrucciones. 
Y lo peor es que el sistema tampoco parece interesado en escribirlo.

Nos hablan de envejecimiento activo, de participación, de bienestar… 
Pero la realidad es que muchos mayores viven sin espacio real para decidir, sin voz en las estructuras que los afectan, sin reconocimiento más allá del agradecimiento simbólico.

Ser mayor debería ser una conquista, no una renuncia. 
Debería ser el momento de ejercer la experiencia, no de justificar la existencia. 
Debería ser el tiempo de enseñar, no de esperar.

Pero para eso, primero habría que cambiar el relato. 
Dejar de tratar la vejez como un problema y empezar a verla como una etapa de poder. 
Dejar de hablar de “los mayores” como si fueran un grupo homogéneo y empezar a hablar desde ellos, con ellos, por ellos.

Quizá el verdadero aprendizaje pendiente sea este: 
aprender a ser mayores sin pedir permiso. 
A ocupar el espacio que nos corresponde. 
A no aceptar el silencio como forma de respeto. 
A reivindicar la edad como una perspectiva, no como un límite.

Porque si nadie nos enseñó a ser mayores, entonces toca hacerlo nosotros. 
Y hacerlo con la misma rebeldía con la que aprendimos a vivir.

Crónica de elabueloinfiltrado El gran punto ciego de LinkedIn for Marketing: la revolución que no está viendo

LinkedIn
se ha convertido en el gran escaparate del talento global. Un espacio donde las trayectorias se narran, las oportunidades se cruzan y las ideas circulan con una velocidad inédita.
Pero mientras presume de anticipar el futuro del trabajo, hay un cambio gigantesco que avanza frente a sus ojos y que la plataforma apenas está sabiendo interpretar: la longevidad.
No es una tendencia.
Es el mayor cambio social del siglo; es la paradoja silenciosa
Miles de profesionales llegan a la jubilación, y cada día, LinkedIn pierde a una parte de ellos.
No porque no tengan nada que aportar.
No porque no quieran seguir conectados.
Sino porque la plataforma no está diseñada para quienes ya no buscan empleo, aunque sigan teniendo talento, criterio y experiencia.
LinkedIn es excelente captando talento emergente y sorprendentemente débil reteniendo talento consolidado.
Y esa debilidad no es tecnológica: es cultural.
El talento no se jubila
La jubilación es un trámite administrativo, no un apagón intelectual.
No borra décadas de experiencia, ni la capacidad de análisis, ni la visión estratégica.
En un entorno saturado de inmediatez y ruido, las voces sénior aportan algo escaso:
contexto, perspectiva y memoria histórica.
Sin embargo, en LinkedIn:
Su visibilidad cae.
Su participación se diluye.
Su presencia se vuelve marginal.
No por falta de valor, sino por falta de espacio.
El riesgo no es perder usuarios: es perder relevancia
La población mayor de 65 años será el grupo que más crecerá en las próximas décadas y crecerá la necesidad de espacios donde seguir conectados, aprendiendo y aportando.
O LinkedIn se adapta, o otros lo harán.
Y no solo redes profesionales: hablamos de comunidades de aprendizaje, plataformas de mentoría, espacios intergeneracionales o iniciativas públicas.
LinkedIn corre el riesgo de convertirse en una red que representa solo una franja de la vida profesional: la que va de los 25 a los 60.
Un recorte.
Una visión incompleta del talento humano.
La pregunta incómoda
¿Puede una red que presume de “crear oportunidades para todos” ignorar a quienes más oportunidades han creado durante décadas?
La respuesta es evidente: no.
El futuro del trabajo será intergeneracional, híbrido, más largo y más complejo.
Y en ese futuro, las personas jubiladas no son un colectivo residual:
son un pilar estratégico.
Una invitación a mirar más lejos
LinkedIn tiene la oportunidad (y la responsabilidad) de liderar la conversación global sobre longevidad, propósito y participación social.
No se trata de regalar servicios, se trata de visión y entender que el talento no caduca: evoluciona.
Si LinkedIn quiere seguir siendo la red profesional de referencia, debe dejar de pensar solo en “usuarios activos” y empezar a pensar en Ciudadanos Conectados.
El futuro no será publicar, será aportar.
Y ahí, la generación sénior tiene mucho que decir.

Crónica de elabueloinfiltrado En búsqueda de lachocolatina : El síndrome del sofá

El sofá no es un mueble. Es un territorio. Un lugar donde uno se sienta “un momento” y, sin darse cuenta, empieza a quedarse a vivir.  

En muchas personas mayores, ese territorio se convierte en un destino final: cómodo, silencioso, sin exigencias… y peligrosamente estable.


El síndrome del sofá no aparece de golpe. Llega en forma de pequeñas renuncias:  

“No hoy.”  

“Mañana voy.”  

“Para qué.”  

Y cada renuncia construye una capa de inercia que pesa más que cualquier limitación física.


Lo más duro es que desde fuera parece pereza. Pero no lo es.  

Es desorientación.  

Es falta de invitaciones significativas.  

Es la sensación de que ya no hay un lugar donde uno sea necesario.


Cuando la vida deja de pedirte cosas, el sofá te ofrece algo que parece razonable: no pedirte nada.  

Y ahí empieza el círculo:  

- Menos estímulos → menos ganas.  

- Menos ganas → menos movimiento.  

- Menos movimiento → menos identidad.  


El sofá no atrapa por comodidad, sino por ausencia de propósito.


Por eso la mayoría de programas para mayores fracasan: intentan sacar a la gente del sofá con actividades, cuando lo que hace falta es una razón para levantarse.  

Una chocolatina.  

Un gesto que active el deseo antes que la agenda.


A veces basta con una misión pequeña:  

“¿Nos ayudas con esto?”  

“¿Puedes revisar aquello?”  

“Te necesitamos para una cosa.”  

No es la actividad lo que mueve, sino el sentido.


El síndrome del sofá no se combate con talleres, sino con invitaciones que devuelven valor.  

Cuando alguien siente que vuelve a contar, el sofá deja de ser un refugio y vuelve a ser lo que siempre fue: un sitio donde descansar, no donde quedarse.


En el próximo artículo entraremos en el terreno donde este síndrome se alimenta: el mercado de las promesas, esa industria que intenta activar a los mayores sin entender qué les mueve de verdad.